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Cuento

Walk in fog por Kim Marius Flakstad

"Walk in fog" por Kim Marius Flakstad

Espero en la esquina. Los autos avanzan sin cesar en filas continuas como hormigas. Les miro; uno blanco, uno rojo, uno negro. De pronto uno se detiene e intenta morderme. Lo aparto con una patada en sus mandibulas. El semáforo cambia de color y entonces cruzo pizando sobre las franjas blancas com miedo de tocar el negro del asfalto.

Del este llega un viento silbando una melodía con tintes de flamento. Trae sobre el una densa nube cargada de aguas viejas. Nube gris, anciana que prefirió viajar por el mundo antes de inmolarse en forma de lluvia. Decide que es hora de partir y comienza a precipitarse. Sus gotas pardas saben a trigo y cebada, arena y tierra de campo, es fresca como los pirineos y calida como el ecuador.

Dos mujeres sentadas en el umbral de su hogar miran lo que queda de la tarde. Son hermanas, eso creo o tal vez, una tarde de lluvia como esta, decidieron unir sus craneos hasta el hueso como la promesa más grande de unión fraternal. Usualmente no pongo atención a esos detalles y esta vez tampoco lo habría hecho de no ser porque una de ellas me obsequió un pan de esos hechos con migas reunidas durante meses. Me gusta comer de este pan cuando quiero pensar porque así no me interrumpe el crujido que se produce al masticar.

Sigo mi camino comiendo aquel pan. Recuerdo que cuando niño pensaba en toda clase de cosas importantes como en donde duermen los peces y quién desprende las hojas a los árboles en otoño. Con la edad dejé de hacerlo. Me prometo volver a hacerlo.

Rumbo a mi hogar hay un parque escondido. Las flores que crecen ahí bailan cuando hace frío para calentarse. Ahí trabajé un tiempo quitando pulgas a los perros de los paseantes. Era un buen negocio, sin embargo, reubicar a las pulgas no es tarea sencilla y eso me obligó a cambiar de carrera.

Dos calles después hay un puente. Una hermosa construcción que cruza el río de la ciudad o así lo hacía hasta que una mañana los habitantes descubrieron que el río había decidido cambiar su curso. Se torció al norte, treinta y dos metros antes de pasar bajo el puente y exáctamente treinta y dos metros después continuó normalmente su curso. Mi abuelo decía que hay aguas que no permiten ser domadas por obras que opaquen su belleza.

Al llegar a casa me tiro en el sofá, recojo los pies en la mesita y busco con la lengua un trozo de pan en mis dientes. Sobre la mesa hay una pila de libros son leer la cual crece y crece desde que las letras se molestaron conmigo. Eso ocurrió el mismo día que comencé a pintar. Desde entonces se esconden, se mueven, giran o sólo se derriten formando manchas de Rorschach sobre suelo.

Caigo dormido. Me sueño compartiendo la banca de un parque con una muchacha. Ella me sonrie y al hacerlo sus ojos sonrien aún más. Deseo que todo el mundo sea tan extraordinario como su sonrisa. Me pierdo y cosas por el estilo.

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Amor de fantasía

El fresco de la noche se coló por la ventana solitaria de la estancia llevando consigo el aroma viejo del bosque cercano. Olor a pinos y musgos verdes. Suavemente se apoderó de toda la habitación hasta tocar la piel arena de las piernas finas de Carolina. Al contácto su cuerpo entero se erizó. Antonio, de pie frente a ella, lo notó en su escote. Cerró un poco la ventana y el viento comenzó a silbar un poco al entrar.

El departamento de Carolina estaba en el segundo piso de un viejo edificio de pareces ocre. El complejo habitacional gozaba de mala fama en la ciudad, sin embargo, la chica conocía bien la colonia. Apenas cuatro años antes aun vivía en casa de sus padres, cuatro calles más al norte. El progreso en su trabajo le permitió independizarse. Disfrutaba de su libertad y gozaba decorando su espacio.

Los ojos de Antonio miraban con encanto aquel lugar. Durante toda la tarde habían estado platicando en ese sitio y no dejaba de mirar con curiosidad. La sala no era nueva ni ninguno de los muebles. Tres libreros, recargados en la pared más larga, contenían una gran veriedad de libros y cuadernos. Antonio sintió que en cualquier momento aquellos muebles estallarian como lo hace una presa cuando no puede contener más agua.

De pronto todo quedó en silencio en la casa, incluso el ruido en la callécesó por unos minutos. Antonio miró a Carolina. Sus ojos avellana brillaban como cristales humedos. Ella también lo miraba con semblante serio. Ocho años atrás se quisieron uno al otro en secreto. Cada uno sin saber el sentir del otro se desearon sin atreverse a dar una señal. Ocho años pasaron y ahí estaban de nuevo, deseandose, desnudandose con las miradas, dejando volar la mente en sucesos de emociones infinitas. Sin embargo, ninguno dijo una palabra.

Fue ella la que se decidió a dar el salto. Tomando a Antonio por la mano le llevó lejos de libros. Se apartaron de la claridad de las lámparas. El corto pasillo los llevó de la luz a la penumbra y después a la oscuridad de la habitación. Un olor calido invitó al chico a entrar. Era un cuarto pequeño, lo supo tan pronto sus ojos se adaptaron a la escasa luz. Sus labios se unieron entregandose los besos guardados.

Las horas pasaron hasta que la ventana dejó entrar la luz plateada de la Luna llena. Luego el cielo se hizo más claro, las aves del parquecito próximo se desperezaron y el sonido del tráfico matutino se dejó escuchar. Ambos se contemplaron hablandose en silencio. Ninguno quiso ser el primero en alejarse del calor del cuerpo del otro. Y así, en la intimidad que provee la desnudes, decidieron quererse a la distancia, en sueños,  en breves momentos o tal vez sólo en esta historia.

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Espera

Saint Valentines Day wedding por jespis

"Saint Valentine's Day wedding" por jespis

Las palomas reunidas en la cornisa del teatro ocupaban la atención de Antonio. Había una grande y negra que pasaba de un lado a otro haciendose caber empujando al resto con su voluminoso cuerpo. Antonio no sabía nada de aves pero imaginó que se trataba de un macho llamando la atención de las hembras. Él estaba sentado junto al asta. Pensó que era una lástima que ese día no tuviera bandera pues soplaba el viento desde el norte. Despegó las manos del concreto para sentir el viento entre sus dedos. Moviendolos como si nadaran los dejó deslizarse en ese aire escurridizo.
Estaba tranquilo y eso lo confundía. Había salido de su casa con más de una hora de anticipación para ver a Carolina. En su casa se sentía ansioso y desesperado por que llegara el momento. Tan pronto pisó la calle todo eso se fue. El ritmo de sus latidos se hizo más pausado. Camino a la plaza cruzó por el parque de su colonia, donde jugaba de niño. Siempre, sin falta, al pasar el kiosko, ahí en el centro del todo, miraba a un árbol torcido. Era su árbol favorito de ese parque porque solía treparlo a lados de sus hermanos. Su tronco inclinado les permitía subir con facilidad hasta donde las ramas se hacían tan delgadas que ya no podían trepar más alto. Sin dejar de caminar alzó la vista hasta su lugar. Él y cada uno de sus hermanos tenía su lugar en el árbol. El de Antonio era una horquilla en la que podía sentarse cómodamente y, si el calor era intenso, dormir. Salíó del pequeño parque y como siempre trató de recordar cuantos libros había leído acostado en su lugar.
Llegar a la plaza no le llevó más de quince minutos y apenas prestó atención al resto del camino. En realidad no ponía atención a nada desde que volvió a saber de Carolina. De inmediato se sentó junto al asta y se puso a mirar a las palomas. No hacían gran cosa pero le pareció entretenido, por otra parte no había nada más que hacer.
De pronto alguién en el teatro abrió una ventana. Las palomas volaron asustadas justo encima de la cabeza de Antonio. Él las siguó con la vista hasta quedar recostado sobre su espalda. El sol golpeó sus ojos. Ahí se quedó, con los ojos cerrados y sin moverse, sintiendo el viendo fresto y escuchando el canto de las palomas al otro lado de la plaza. Le pareció curioso sentir el viento en la barba, esa barba que odiaba pero que odiaba más rasurar. Sonrió porque núnca antes lo había experimentado. Una pelota golpeó gusto junto a su cabeza sin sacarlo del transe en que se había embarcado.
Luego de un momento se sobresaltó. Ya no sintó el sol en la cara y el vieto parecía haber cesado. Una mano tomó la suya. La reconoció. Era una mano pequeña y fría, aspera por la acción del trabajo desde la infancia. Despacio, abrió los ojos. Ahí estaba ella con su cabello flotando al viento y un aura dibujada por el sol enmarcando su cara. Al fin te vuelvo a encontrar -dijo ella en un susurro-. Un beso suave e infinito siguió a sus palabras liberando así un amor dormido.

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Te hablaré con una mariposa

the wings-become-windows butterfly por e³°°°

"the wings-become-windows butterfly" por e³°°°

La muchacha inmutable miraba sobre el mostrador. La tienda pertenecía a su padre. Por las tardes, luego de clases, ella se encargaba de llenar bolsas de plastico con semillas para luego pesarlas y anudarlas. No eraun trabajo difícil y a ella le gustaba por que le permitía ver pasar a la gente sin saber que desde otro local ella misma era observada.

En el mercado había un nuevo comerciante. Se trataba de un hombre que lo mismo vendía líquidos para la limpieza que empaques de licuadoras. Su hijo, un joven de 16 años, aquella tarde iba por primera vez a visitar a su padre. Su vista se posó sin intención en la muchacha de pabellos avellana que trabajaba con la báscula. Al instante se convenció de que no habría en el mundo belleza semejante. Aburrido como estaba se acercó a preguntarle su nombre. Ella sonrió pero no contestó. Ella no puede hablar, muchacho. Es muda -dijo el padre de la chica. El joven quedó sorprendido. Sin embargo, ella le extendió un papel: Adela, decía con grandes letras redondas. Yo soy Jaime, contestó él, luego dio media vuelta y se sentó entre cubetas de plástico.

Pasaron varios días antes de que Jaime intentara un nuevo encuentro. Observó a Adela día a día. Apendió algunas señas con las que los papás de ella se comunicaban con la chica. En casa se dedicó a aprender más de ese lenguaje. Así empezaron su amistad. Comunicarse con las manos les permitía hablarse sin salir apartarse de sus trabajos.

Para Jaime las palabras de ella eran tan reales que casi podía sentir su voz con tono dulce cargada de pasion, explotara a borbotones luego de tanto tiempo de mutismo. Quería pasar más tiempo a su lado y la invitó a salir. Era domíngo y el padre de ella accedió. Sentados en el pasto de un parque sin árboles pasaron toda la tarde. El sol mostró sus rayos naranjas anunciando su desaparición en el horizonte. El cielo se copó de estrellas parpadenates y los dos muchachos movían las manos sin parar en un charla sin fin. Llegó el momento de despedirse. Se abrazaron al amparo de la luz de una farola. Jaime miró las estrellas en lo alto de cielo terso. Cerró los ojos, hundió la naríz en el cabello de Adela. Dejó penetrar su perfume en su cuerpo y lo sintió fundirse en su sangre. Ella, parada en puntillas, acercó su cara al oido de él. Te amo, susurró y sus palabras, antes de ser escuchadas, se convirtieron en decenas mariposas. Sus ojos se humedecieron.

Jaime se alejó por la calle solitaria sin prestar atención a las mariposas que, por miles, cubrían el tejado del hogar de Adela…

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Reencuentro

Humayuns Tomb, Delhi por Humayuns Tomb, Delhi

"Humayun's Tomb, Delhi" por Humayun's Tomb, Delhi

Sesenta días con sus sesenta noches pasaron. El viejo caballero con la mirada cansada permaneció de pie. Sintió frío y temor y al mismo tiempo su alma se sintió más ligera. Un bloque de marmol blanco como sus canas se tendía frente a él. No quiso mirar la inscripción, sabía lo que decía, desde el inicio de su empresa sabía lo que había bajo la piedra fría. Exhaló un suspiro y cayó sobre sus rodillas. Cerró los ojos. Sintio el silencio. Saboreo la penumbra. Metió el alma en su carcaj y dejó morir su cuerpo. Ahora que había encontrado la tumba de su corazón podía volverse eterno.

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