Amor de fantasía

El fresco de la noche se coló por la ventana solitaria de la estancia llevando consigo el aroma viejo del bosque cercano. Olor a pinos y musgos verdes. Suavemente se apoderó de toda la habitación hasta tocar la piel arena de las piernas finas de Carolina. Al contácto su cuerpo entero se erizó. Antonio, de pie frente a ella, lo notó en su escote. Cerró un poco la ventana y el viento comenzó a silbar un poco al entrar.

El departamento de Carolina estaba en el segundo piso de un viejo edificio de pareces ocre. El complejo habitacional gozaba de mala fama en la ciudad, sin embargo, la chica conocía bien la colonia. Apenas cuatro años antes aun vivía en casa de sus padres, cuatro calles más al norte. El progreso en su trabajo le permitió independizarse. Disfrutaba de su libertad y gozaba decorando su espacio.

Los ojos de Antonio miraban con encanto aquel lugar. Durante toda la tarde habían estado platicando en ese sitio y no dejaba de mirar con curiosidad. La sala no era nueva ni ninguno de los muebles. Tres libreros, recargados en la pared más larga, contenían una gran veriedad de libros y cuadernos. Antonio sintió que en cualquier momento aquellos muebles estallarian como lo hace una presa cuando no puede contener más agua.

De pronto todo quedó en silencio en la casa, incluso el ruido en la callécesó por unos minutos. Antonio miró a Carolina. Sus ojos avellana brillaban como cristales humedos. Ella también lo miraba con semblante serio. Ocho años atrás se quisieron uno al otro en secreto. Cada uno sin saber el sentir del otro se desearon sin atreverse a dar una señal. Ocho años pasaron y ahí estaban de nuevo, deseandose, desnudandose con las miradas, dejando volar la mente en sucesos de emociones infinitas. Sin embargo, ninguno dijo una palabra.

Fue ella la que se decidió a dar el salto. Tomando a Antonio por la mano le llevó lejos de libros. Se apartaron de la claridad de las lámparas. El corto pasillo los llevó de la luz a la penumbra y después a la oscuridad de la habitación. Un olor calido invitó al chico a entrar. Era un cuarto pequeño, lo supo tan pronto sus ojos se adaptaron a la escasa luz. Sus labios se unieron entregandose los besos guardados.

Las horas pasaron hasta que la ventana dejó entrar la luz plateada de la Luna llena. Luego el cielo se hizo más claro, las aves del parquecito próximo se desperezaron y el sonido del tráfico matutino se dejó escuchar. Ambos se contemplaron hablandose en silencio. Ninguno quiso ser el primero en alejarse del calor del cuerpo del otro. Y así, en la intimidad que provee la desnudes, decidieron quererse a la distancia, en sueños,  en breves momentos o tal vez sólo en esta historia.

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