Cinco de la tarde. Los minutos pasan lentos. No me encontraba tan ansioso de salir del trabajo desde hacía meses, desde… desde enero para ser precisos. Entonces mi vida estaba llena de magia, todo tenía sentido y a la vez todo era incógnita que quería resolver a lado de ella. Después todo se descompuso. Sufrimiento, insomnio, confusión y muchas lágrimas que no valieron para nada. Fue entonces que apareciste, platicamos toda la noche. Fue un hermoso reencuentro.
Siete años sin saber uno del otro y de pronto se desvanecieron esos tres cientos kilómetros que hay entre nosotros. Aquella noche me diste tu apoyo, yo moría de tristeza y tú de sueño pero me escuchaste y me diste consejo. Noche tras noche repetimos la terápia pero mi alma no quería entender que en aquél juego ya había perdido todo lo apostado. Luego vino el fin de semana, nervioso esperé tu llegadaen la plaza. Llegaste puntual. Me encantó tu cabello flotando con el viento de nuestra ciudad.
Te acompañé a tu departamento. Me enamoré de el desde que abriste la puerta. Me invitaste a conocerlo. Miraba tu librero cuando me besaste. Así empezó todo y esa noche te hice el amor, o tú me lo hiciste a mi, o el amor nos hizo a ambos.
Dejé tu departamento pasada la media noche con la cabeza aún revuelta. Llamaste a mi celular. Coincidimos en que aquello no fue nada más que un par de amigos que necesitaban un poco de cariño, sin embargo ambos sabíamos que no era así. La siguiente semana nos hicimos novios y tres semanas después volvimos a ser solo amigos, aunque en realidad nos estacionamos en un lugar intermedio.
No se que tenemos, no se a donde vamos, no hay etiqueta que nos defina y, a pesar de eso, me haces felíz.